Trastornos alimentarios en niños y adolescentes
Una actualización clínica que la salud pública no puede ignorar
Cuando se habla de nutrición infantil, el debate público suele concentrarse en obesidad y olvida otra parte crítica del problema: los trastornos alimentarios pediátricos. La revisión publicada en Nutrients en mayo de 2025 recuerda que anorexia nerviosa, bulimia nerviosa, trastorno por atracón y ARFID representan desafíos diagnósticos y terapéuticos complejos por su inicio temprano, sus comorbilidades psiquiátricas y su capacidad de comprometer crecimiento, pubertad, salud ósea, función cardiovascular y bienestar psicológico. El artículo sintetiza literatura de 2018 a 2024 y destaca la necesidad de modelos integrados y multidisciplinarios.
Desde el punto de vista médico, anorexia nerviosa se caracteriza por restricción alimentaria, miedo intenso a ganar peso y bajo peso clínicamente significativo; bulimia nerviosa por episodios de atracón seguidos de conductas compensatorias; el trastorno por atracón (binge-eating disorder) por episodios recurrentes de ingesta excesiva con pérdida de control y ausencia de conductas compensatorias (without purging); y ARFID (Avoidant/Restrictive Food Intake Disorder), conocido en español como trastorno evitativo/restrictivo de la ingesta alimentaria, no motivada por imagen corporal, sino por aversión sensorial, miedo o desinterés en comer. La revisión subraya que en pediatría el diagnóstico puede ser más difícil por el desarrollo cognitivo, la menor capacidad de verbalizar síntomas y la superposición con ansiedad, depresión u otros cuadros. También recuerda que el trastorno por atracón aumenta el riesgo de obesidad y síndrome metabólico, lo que enlaza de forma directa el campo de trastornos alimentarios con el de obesidad infantil.
En términos metodológicos, se trata de una revisión narrativa que actualiza evidencia diagnóstica y terapéutica reciente, incluyendo cambios en DSM-5 e ICD-11, herramientas psicométricas y avances en terapia cognitivo-conductual, tratamiento familiar y modalidades digitales. Su valor para la salud pública radica en que rechaza la falsa separación entre “salud mental” y “nutrición”: los trastornos alimentarios son ambos. En la práctica clínica, tratar solo el peso sin explorar la conducta alimentaria, la imagen corporal o el sufrimiento emocional puede empeorar el problema.
Mi lectura es que las estrategias de prevención pediátrica deben proteger a los niños tanto del exceso de peso como del daño derivado de dietas restrictivas, estigma corporal y mensajes simplistas sobre alimentación. Una política pública moderna debe promover hábitos saludables sin humillar, prevenir obesidad sin disparar conductas alimentarias de riesgo y formar a profesionales capaces de detectar tempranamente anorexia, bulimia, atracones y ARFID. En pediatría preventiva, no basta con hablar de calorías; hay que hablar también de conducta, desarrollo y dignidad.
Fuente científica o institucional:
Horovitz, Advancements in the Diagnosis and Treatment of Eating Disorders in Children and Adolescents: Challenges, Progress, and Future Directions, Nutrients (2025).
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